Gladiolos y gordolobos

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Los gordolobos ( Verbascum densiflorum ) y los gladiolos son los reyes de las varas o palos floridos: uno silvestre y el otro de jardinería. Las hojas del gordolobo son una berza recubierta de una borra espesa y blanca. Crecen en los descampados y en el límite de los bosques, después del aclareo de un encinar, en márgenes de tierra removida. Aparece el tallo, como un espárrago recubierto por una telaraña, y en aquel momento ves la planta. Los capullos son botones pentagonales, parecen forrados, de un amarillo atrevido, de un abrigo de niña. Cuando estallan las flores, tienen los pistilos color sangre. Mientras la flor se espiga, la planta crece y tiene cada vez más hojas caídas. A veces el palo se estira tanto que se inclina, como si le pesara la cabeza. En ese momento deja de ser atractiva para los paseantes. Hay gente que recoge sus flores para hacer infusión.

Como el gordolobo, el gladiolo es una traca: empieza a florecer por abajo y va abriendo nuevas flores ascendentes. Cuando las del centro están bien abiertas, las de abajo han empezado a marchitarse. Los gladiolos son el resultado de combinaciones de especies naturales como las que dan lugar a los perros de raza y como las que arruinaron a Balthazar Claës, el protagonista de La recherche de l’absolu (1834) de Balzac, que se lo gastaba todo en experimentos con tulipanes.

Hace años que planto gladiolos en casa. Los ­había tenido en tiestos muy grandes, gladiolos de pétalos rizados como queso tête de moine. Esta temporada me ha salido uno, de un bulbo de hace dos o tres años, en un tiesto minúsculo: atercio­pelado, de un color rojo oscuro. Lo he estado observando y cuidando, aprovechando que no podía salir. Me da igual que el tiesto sea pequeño y que en el piso de la nueva casa el sol lo achicharre todo: “poussera, fleurira, on la coupera”, digo como el demente Balthazar Claës cuando, en la novela de Balzac, buscaba un tulipán único, para hacerse millonario.

La primera cosa interesante es que la planta del gladiolo son cuatro hojas despeinadas: parece un junco. Cuando piensas que no hay nada que hacer, ves el tallo, enjuto y poco prometedor, del que, pasados unos días, salen unos barquillos de flor, como el pañuelo enroscado de la manga de un mago: los capullos. Lo he regado mucho para que no se secara y he potenciado su belleza hipertrofiada, fruto de la dedicación de tantos Balthazar Claës de este mundo. Entonces surge la pregunta: ¿dónde encontraré un palo o caña suficientemente elegantes para sostener una flor tan bonita? Lo resuelvo con unos listones que la aguantan por el pie y evito tener que atarla. Cuando se abren las flores del centro, las de debajo han adquirido una consistencia sexual de seda arrugada. Cuando todas las flores están mustias, guardo los pétalos en una caja transparente.

Otra cosa que me gusta de los gladiolos y de las dalias– es que, de noche, las flores no se cierran. Salgo al balcón y lo veo allí, enhiesto, atercio­pelado y rojo, mientras pasan los camiones de la basura.