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Continuar en aislamiento en un país desigual como Colombia es una medida elitista que somete a muchos al hambre.
Foto: Milton Díaz. EL TIEMPO

Las paradojas del encierro

Este largo periodo abrió una puerta al autoritarismo y la desigualdad, sin opciones.

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El sábado 9 de mayo estuve en Kennedy y Ciudad Bolívar acompañando a un equipo periodístico de Citytv. Llegué tarde a casa.

—¿Y cómo estuvo? —preguntó mi esposo.

Le conté del protocolo para entrar al periódico donde él trabajó por trece años y del que se retiró hace uno. Le hablé de las salas de redacción vacías, la cafetería cerrada. Le describí también una ciudad de motos, bicicletas y transporte público, además de mucha gente en la calle. Luego de decirlo pensé que la pandemia afianza los rasgos particulares de una sociedad.

Es así como, en nuestro caso, las medidas de confinamiento ponen de relieve la desigualdad. Una cosa es forzar a las personas a encerrarse en la casa cuando se tiene dinero en la cuenta y comida en la despensa, y otra muy distinta, cuando la cuarentena implica hambre y hacinamiento.

Los trapos rojos se cuelgan de puertas y ventanas en las casas de los barrios más vulnerables de Bogotá, para indicar que ahí dentro hay familias pasando hambre. Ese sábado perdí la cuenta de cuántos vi.

En un país donde 14 millones de personas tienen un trabajo informal, negar la opción de salir a la calle equivale a impedirles conseguir un medio de sustento. ¿No sería más lógico, entonces, pensar en otro de los métodos recomendados por los epidemiólogos para proteger a la comunidad sin aislarla en su totalidad?

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Mientras vemos El hombre araña con los niños pienso en mi recorrido del día. Me pregunto cómo harán los niños en Ciudad Bolívar o en municipios de departamentos como Chocó, o el Amazonas, para adelantar un programa de ‘escuela en casa’. Si ya de por sí esos departamentos del país están aislados, ahora peor.

Además, menos de la mitad de los hogares a nivel nacional cuentan con internet. ¿Será, entonces, excesivo llamar a estas medidas autoritarias, o cuando menos elitistas? Autoritario se llama a un gobierno cuando es impopular.

Tanto el gobierno nacional como el local están siendo muy populares, entonces, supongo, no puede llamarse autoritaria a su restricción. Teniendo en cuenta que el confinamiento perjudica a los más vulnerables, no me parece un adjetivo desacertado llamarla elitista.

Decidir en caliente

Es cierto que ahora mismo estamos actuando sobre la crisis. El objetivo es tomar decisiones que protejan a la población. Pero hay un problema. Este no es un momento en el cual podamos calcular los efectos de las decisiones.

Uno de los parámetros que se usa son las cifras de muertes, que se conocen diariamente y que en Colombia son mucho más bajas que los datos de muertes por accidentes de tránsito que están en torno a 20 diarios, por poner cualquier ejemplo.

Sin embargo, no por ello se prohíbe a toda la población salir en carro. Está bien, los accidentes no son contagiosos, el coronavirus sí. Sin embargo, en ese y otros casos, no se llega a restricciones que afecten a toda la población.

En una democracia, las medidas tienen que reglamentar para las mayorías, sin limitar los derechos ni las libertades individuales. ¿No es entonces una forma de limitar las libertades negarle a las personas la opción de salir a la calle, aun sin pruebas de que seamos agentes de contagio? A lo menos, me resulta un tema que merece ser ampliamente discutido. Y no lo estamos discutiendo. En todo caso, no lo suficiente.

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No lo estamos haciendo porque la inmediatez nos dicta que mientras haya muertes y contagiados habrá que protegernos al máximo, algo que entendemos como confinarnos sin excepción.

Pero esto acarrea unos daños económicos, sociales, educativos y psicológicos que aún no podemos medir, porque su impacto no puede ser evaluado en tan corto plazo.

Es por esta tensión entre fuerzas contradictorias que expertos se preguntan si el remedio va a resultar más dañino que la enfermedad.

Cuando se conozcan las cifras de los efectos sobre el desempleo, el hambre, el analfabetismo, la depresión clínica, entre tantas otras, lo sabremos. Para entonces los resultados serán irreversibles. No sería raro vernos frente a la evidencia de haber tomado decisiones equivocadas, con la inclinación de la popularidad política como motivación.

Lo cierto es que no somos Italia, Alemania ni España. No tenemos un Estado capaz de proveerle una suma decente a millones de colombianos que no tendrán forma de conseguir sustento a menos que salgan a las calles. ¿Se les está sometiendo, entonces, a la necesidad por mandato público?

Menos popular pero más sensato sería hacer como Suecia, por ejemplo, que, en lugar de inclinarse por bajar el número de contagios, se empeña en seguir con sus actividades dentro de la mayor normalidad posible.

Aíslan a quienes son vulnerables o están enfermos, y de resto han seguido con las clases en los colegios, los restaurantes abiertos, la vida cultural activa. Es la decisión de un gobierno socialista. Es la mirada de quien piensa en el bien común.

Pandemia de autoritarismo

Es cierto que no hay solo una respuesta correcta. Entre los mismos epidemiólogos hay posturas encontradas sobre cuál es la mejor estrategia. Y aunque no sabemos si se está tomando la mejor decisión, tenemos que actuar. Sin embargo, es importante ir con los ojos abiertos y tener en claro cuánto estamos poniendo en juego al apostarle a la carta del confinamiento general.

En medio de la incertidumbre y la ignorancia, muchos alcaldes –independientemente del tamaño del municipio– se sienten empoderados para aplicar más restricciones, con el uso del toque de queda, el pico y género o el pico y cédula. Cada cual puede ser el salvador o el tirano a su manera y en su propio pueblo. La paradoja es que así se tengan las mejores intenciones, el peso de las decisiones va a ser demoledor y solo conoceremos sus efectos cuando quizá ya sea demasiado tarde.

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Salta a la vista una gran cantidad de paradojas: estamos encerrados buscándole una salida al futuro; reflexionamos en voz alta sobre la responsabilidad del capitalismo en este desbarajuste mundial, mientras el capitalismo, que nos mantiene en pie y rodando, languidece y de paso nos deja por el suelo; hacemos todos los esfuerzos por tener más camas disponibles para cuidados intensivos, y las camas están en su mayoría vacías; los más afectados por una enfermedad para la cual la solución es encerrarse son los presos; en una de las sociedades más desiguales del mundo, como es la nuestra, las medidas oficiales solo refuerzan la desigualdad; el encerramiento es para proteger a la gente y se disparan los índices de violencia doméstica. Y así.

Supongo que, si se hiciera un ejercicio verdaderamente juicioso, como el que posiblemente evaluó el Gobierno sueco, entonces habría que incluir todas las variables a favor y en contra de las medidas para mitigar los contagios.

Cada cual puede ser el salvador o el tirano a su manera y en su propio pueblo

Habría que estudiar los daños y beneficios para la educación, la salud, la economía, el comercio, las empresas, la agricultura, el campo, el empleo, la infancia, la justicia, la protección social, el medioambiente, la tecnología, la seguridad, las telecomunicaciones, etcétera. Y una vez hecho un análisis integral, entonces se tomaría la decisión más sabia.

Pero no tenemos tiempo de hacerlo así, tampoco sabemos hacerlo así ni tenemos la madurez para hacerlo así, ni los medios para hacerlo así. A nuestros gobernantes los mueve más la inmediatez del resultado diario que la sensatez de la decisión sosegada que mira hacia delante.

Punto de giro

Seguro lo habrán dicho ya algunos sabios: los problemas globales requieren de soluciones globales.

Globales no solo en términos de comprender que el mundo interconectado en el que habitamos hace que alguien se enferme en Bolivia por un virus que surgió en China, sino también porque cada quien no puede seguir ocupándose de su única parcela, de su familia, nada más, de su edificio o su conjunto. Se requiere de un pensamiento holístico, coordinado, interdisciplinario y solidario.

Basta con mirar un poco más allá de nuestras narices para entender que las necesidades son otras; las urgencias, muchas, y la premura por defender la vida de todos y todas no se está cumpliendo.

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El pensamiento de corto plazo nos somete a un perpetuo presente que, con miras hacia los años por venir, puede ser peor que irresponsable.

Para el filósofo suizo Francis Cheneval someter a todo el mundo a quedarse en casa es como partir de la fallida presunción de que todos estamos infectados: “Esto equivale a ponernos a todos en prisión bajo una presunción general de culpabilidad, pues solo esta medida garantiza que todos los criminales, reales y potenciales, estén bajo control”, escribió en EL TIEMPO.

A semejante medida no es difícil encontrarle un serio problema ético, más en sociedades como la nuestra, donde la obligación de no salir es, en millones de casos, un sometimiento a la necesidad, incluso al hambre.

Se ha dicho que a esta oleada podrán seguirla otras. Esto nos lleva a la claridad de que no sabemos por cuánto tiempo más sigamos en las mismas. Toda crisis evoca a un gobierno dominante que ‘nos salve’. Hace parte de la psiquis humana, ante la angustia por la incertidumbre, la tendencia es buscar un redentor.

Pero ojalá no caigamos en la trampa de agachar la cabeza, obedecer sin cuestionar y, sobre todo, sin pensar, de forma individual y colectiva, en que estamos ante un punto de giro inminente frente a la trama de la realidad.

Esto equivale a ponernos a todos en prisión bajo una presunción general de culpabilidad

Aspiro a que encontremos las palabras adecuadas para hablar de lo que vendrá. Un lenguaje común, un ejercicio participativo, una lógica en la cual prevalezca la empatía, una palabra que podrá estar muy trajinada, pero que hoy más que nunca necesitamos rescatar en su sentido más amplio. Según la RAE, se trata de la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”.

Pienso en eso mientras llevo a mi hijo de tres años a la cama. Está en esa edad en la que el mundo se descubre afuera: tocando el pasto, hundiendo los pies en la arena, subiéndose a un rodadero o corriendo detrás de una pelota. Últimamente me pregunta hasta trece veces al día si ya se fue el virus. Me gustaría poder responder algo específico.

Pero no sé nada, no sé ni siquiera si puedo asegurarle que todo este sacrificio, que en nuestro caso es bien leve comparado con la mayor parte del país, realmente habrá valido la pena. Quisiera decirle al menos que esta importante porción de su vida encerrado en un apartamento ha sido, sin duda, la mejor de las decisiones. *Nota: esta es una parte del ensayo que la autora publicará en el libro ‘Doce especulaciones sobre el futuro’, próximamente en Editorial Planeta.

MELBA ESCOBAR 
Para EL TIEMPO
ESCRITORA