El poder de la ficción

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Me acosté anoche leyendo la Historia universal de la infamia , por ver si encontraba en Borges una ayuda fantasiosa para mi cerebro un tanto reblandecido por el chorro de noticias que machaconamente giran en torno al virus. Tras avanzar un rato por las vidas de los fantásticos personajes (atroces redentores, falsos predicadores, crueles impos­tores y demás), me pregunté si, en el futuro, alguien escribirá una estética de la infamia tan atractivamente borgiana tomando como modelo a los Infames que nos toca aguantar en estos días. No sé si es lo bastante borgiano el monstruoso rubio desenmascarado y descarado que se alimenta de hidroxicloroquina, no sé si es lo bastante infame el cura militar que en Brasil predica en favor del contagio global para que se salven los más fuertes mientras el pueblo se desangra por las calles. No sé si lo son los dos españolazos que, porque no tienen mando en plaza como Trump o Bolsonaro, salen, desafiando al virus, a manifestarse por las calles de Madrid, a tomar Madrid porque tienen un par, como si no supieran que tomar Madrid en el 36 les costó a sus admirados antecesores tres años de guerra, un millón de muertos y una ayuda más sofisticada que la de cuatro cacerolas, que fue la de Hitler y Mussolini.

Cuesta creer que sus infamias se con­viertan un día en un artefacto literario de cierto calado, pues también entre los infames hay clases, como en todo. Cuesta creer que algún día lleguen a ser objeto de una narrativa ­fascinante, y no porque sus infamias no sean monumentales (de hecho, empequeñecen las del Corralero y el Pegador de “El hombre de la esquina rosada”), sino porque hay en ellos una palurdez esencial que más bien inspira sarcasmos, caricaturas y memes sin fin.

Aunque tal vez la idea de que nuestros Infames no están a la altura de otros Infames abyectos del pasado sea solo debida a eso, a que están demasiado próximos en el tiempo (y, por desgracia, en el espacio). Dice Borges en el prólogo “La palabra infamia aturde en el título, pero bajo los tumultos no hay nada. No es otra cosa que apariencia, que una ­superficie de imágenes”. A lo largo de la historia, quizá los Infames que logran trascender no son más que muñecos, títeres manipulados por azarosas circunstancias, cataclismos, guerras y pandemias. Por eso ahora solo sabemos dedicarles la atención abrumada del espectador perplejo. Pero llegará el día en que un nuevo volumen de la Historia Universal de la Infamia se ocupará de ellos. Y será tal vez lo único positivo que hayan hecho en su vida, servir de inspiración para un relato atroz.