A cuidar lo ganado

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Más de 24.000 casos confirmados y 800 muertes son cifras lamentables, sin duda, pero dada la agresividad del nuevo coronavirus, que no da tregua, podría decirse –sin triunfalismo– que el impacto de la pandemia en el país ha sido algo benévolo.

Las medidas tomadas desde el comienzo, como el aislamiento temprano de los mayores de 70 años –cuestionado por muchos de ellos–, el cierre de fronteras, las campañas de autocuidado, de distanciamiento social y la cuarentena obligatoria han permitido ganarle terreno valioso al virus para adaptar el sistema hospitalario, disminuir potencialmente su circulación entre la población y retardar la aparición del pico, que cuanto más tiempo tarde en llegar será menos crítico, al parecer.

Pese a las incomodidades, las restricciones y el impacto social y económico que, sin duda, esto ha tenido, la compensación puede medirse, hasta ahora, en una baja tasa de mortalidad entre los casos confirmados (3,9 por ciento), una ocupación de camas en cuidados intensivos que hoy muestra más de 3.000 disponibles –a pesar de las limitaciones– y la posibilidad de ir flexibilizando la economía al tenor de unos arriesgados pasos que deben darse de manera segura.

De todos depende que la situación no se desborde bajo una premisa innegable: la pandemia no
ha terminado.

Con todo esto, hay que ser claros en decir que los casos aumentan de modo significativo. Y, aunque ello podría explicarse en razón de que el virus circula entre una comunidad cada vez más expuesta por las aperturas y también –valga decir– a que hoy el país aplica más pruebas en más grupos específicos, se debe señalar que la pandemia sigue su curso y sus pronósticos aún son inciertos.

Basta ver, por ejemplo, la situación de algunas regiones en donde los efectos del nuevo coronavirus son críticos. Para la muestra está el Amazonas, que de abril a mayo ha tenido una variación en el número de casos de 475 por ciento; Atlántico, con el 285 %; Meta, con 221 %; Chocó, con el 180 %, y Nariño, con 172 %. Todas estas regiones, de continuar por esta senda, vislumbrarían un horizonte crítico y por eso merecen especial atención.

Y si bien el Gobierno ha sido claro en que cualquier decisión se debe tomar sobre la base de nueve indicadores que hasta la fecha han dado margen de maniobra, el anuncio de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, sobre las camas de cuidados intensivos, que ya superan el 44 por ciento de su capacidad, enciende las alarmas antes de que la ciudad tenga que echar para atrás y retornar a un confinamiento preventivo obligatorio y general, con todas las implicaciones que conlleva.

Mantener lo ganado, por tanto, es una tarea y un compromiso general, máxime ahora que el Gobierno decretó nuevas flexibilizaciones a partir del 1.º de junio, en las que los grupos de mayor riesgo saldrán a la calle en condiciones definidas.

Sin más, corresponde decir que de todos depende que la situación no se desborde bajo una premisa innegable: la pandemia no ha terminado, así en la mente de algunos existan las condiciones para pensar que esto es un periódico de ayer. Estamos a tiempo para reforzar las medidas de control y mostrar en la práctica que estas flexibilizaciones tienen más de inteligentes que de irracionales.

EDITORIAL
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