Lecturas pandémicas

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Como muchos de ustedes, comencé la cuarentena pensando que me serviría para ponerme al día con las lecturas pendientes. Pero pronto descubrí que la primera víctima del encierro había sido mi capacidad de concentración. Las facultades menguadas, sin embargo, tienen una utilidad: que sirven de filtro. Solo un gran texto puede penetrar la neblina de la mente apendejada. Quisiera mencionar los que lo hicieron.

Mi amigo Andrés Candela, quien también escribe en este diario, me advirtió que el surgimiento de un peligroso virus que amenazaba con contagiar a toda la humanidad no era precisamente la ocasión más propicia para emprender una relectura de 'La peste', de Albert Camus. Pero yo estaba convencido de que allí encontraría claves para entender mejor la pandemia. Eso –junto a sendas columnas de Melba Escobar y Jesús Ferro Bayona– me convenció de adentrarme de nuevo en aquella historia de la peste bubónica que se ceba en una ciudad de Argelia.

Pero, ¡ay!, uno no lee a Camus para encontrar respuestas. Como en sus otras dos grandes obras, 'El extranjero' y 'La caída', la narración ofrece pocos consuelos; dibuja, más bien, un perfil crudo de la sinrazón de la existencia humana. Por momentos se vislumbra un orden moral que privilegia ciertos valores –el coraje, la resistencia, la honestidad, el trabajo, la perseverancia–, y quisiera uno refugiarse en ellos, creer que pueden redimirnos. Pero el relato, que vemos a través de los ojos del Dr. Rieux, el protagonista, es refractario a cualquier lectura didáctica. De la zambullida en 'La peste' no emerge uno mejor persona ni peor, solo más consciente de su precariedad.

Más, incluso, que
‘La peste’, ‘Ruido de fondo’ captura la experiencia de convivir con un peligro sordo, como el actual. ‘Vulgata caribe’, de Marco Schwartz, podría haberse
escrito hoy.

Había otra novela que quería releer, por las luces que pudiera arrojar sobre estos días de desasosiego: 'Ruido de fondo', de Don DeLillo. En un pueblito universitario de Estados Unidos, un accidente ferroviario libera una densa emanación de gases venenosos. Las autoridades, eufemísticamente, hablan de un “evento atmosférico tóxico”. O, como dice Carlos Vives en su versión de Londres, canción de la banda bogotana 'Hora Local': una cipote nube amarilla.

La obra de DeLillo es de tal estatura que el único reconocimiento que le falta a su autor es no ganarse el Nobel, como les sucede a los grandes. Más, incluso, que 'La peste', 'Ruido de fondo' captura la experiencia de convivir con un peligro sordo, como el actual: el miedo, la inquietud, la noción de que sucesos por fuera de nuestro control han reajustado “los más elegantes parámetros de la muerte” (la frase es del novelista J. G. Ballard). La exposición al “evento tóxico” adelanta milimétrica, estadísticamente nuestra fecha de expiración: ¿por cuánto? ¿Cómo incorporamos esa nueva información a nuestras vidas? ¿Cómo nos cambia saber que nuestras expectativas de éxito, progreso, longevidad han sido recalculadas inexorablemente hacia abajo?

Mi tercera lectura notable de la cuarentena era una tarea pendiente de hacía muchos años. Aunque dos décadas nos separan de su aparición a comienzos de siglo, 'Vulgata caribe', del escritor y periodista barranquillero Marco Schwartz, podría haberse escrito hoy. Con una voz a la vez cómica y solemne, un lenguaje que abreva tanto en el vernáculo como en los versículos bíblicos, Schwartz narra las esperanzas y desengaños de hombres y mujeres que –como los hebreos del Antiguo Testamento, pero trasplantados al Caribe colombiano– sueñan con vivir en paz en la tierra prometida: un barrio de invasión llamado Chibolo.

García Márquez dijo alguna vez que el patriarca de su novela era el hombre en el que se habría convertido el coronel Aureliano Buendía si hubiera alcanzado el poder. Chibolo es en lo que se habría convertido Macondo si, en lugar de ser arrasado por el vendaval, hubiera sido engullido por la ciudad.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net