Un café en la India

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En Delhi, en la ciudad que conocí y viví, no había muchos bares estilo europeo para tomar aperitivos, sino más bien cafés de bebidas no alcohólicas, y luego, saltando al otro extremo, ruidosas discotecas en las que el alcohol era carísimo. Los bares normales estaban en los hoteles de cinco estrellas, pero a precios prohibitivos (el Oberoi, el Taj, el Imperial, el Ashoka Palace). Por eso mi lugar de encuentro y tertulia fue un café-librería de tres pisos al sur de la ciudad, el Café Turtle, en lo alto del mercado de Khan Market.

Mi contertulio principal era Aparajit Chattophadhyay, profesor de literatura en la Universidad Nehru, un bramín de Calcuta especialista en Neruda que, además, formó parte de la guerrilla maoísta de los Naxalitas en West Bengala hasta que se dio cuenta de que los campesinos indios jamás harían una revolución. Lo supo cuando fue a llevarles fusiles traídos desde China y los campesinos intentaron arar el campo con ellos.

El primer piso del Café Turtle es una librería bastante bien surtida -Delhi tiene más librerías que París-. A partir de ahí, subiendo por una empinada escalera, se llega al salón superior y a la terraza, uno de los más agradables lugares, con vista hacia la ciudad. El café o el té son extraordinarios, lo mismo que el lassi, esa bebida a base de yogur que puede estar batida con plátano, mango o papaya. En las copas de los árboles se ven volar águilas en círculo, córvidos de varios tipos y, en ciertas épocas del año, incluso loros y pericos. Los pájaros son los verdaderos dueños.

El tema privilegiado, con Chatto, era por supuesto la literatura. Octavio Paz en Nueva Delhi, sus poemas de Ladera este, su gran libro de viajes Vislumbres de la India, su libro El mono gramático. El modo en que Paz se metía a las culturas por dentro. O Neruda, su gran pasión, que miraba desde arriba y a una cierta distancia, pero también acertaba, clavando el dardo en el corazón. Un día hablamos de los escritores franceses que han escrito sobre India y Chattophadhyay me sorprendió: “Nunca entenderán este país, pues no saben cosas esenciales como que el 70% de la población, la India profunda y rural, jamás ha escuchado mencionar la palabra reencarnación, y si la escucharan no sabrían qué significa”. Y agregó: “Para los europeos todo lo que pasa acá es consecuencia de la reencarnación”.

Le hablo de mi deseo de escribir sobre India y me dice: “Por favor, ¡no narres una boda!”. Después de Un buen partido, de Vikram Seth, no vale la pena. Bebemos té con leche y cardamomo. Hace calor, es el principio del verano. Hablando de José Eustasio Rivera, Chatto me dice que la novela Tide waters de Amitab Gosh, es la versión india de La vorágine. Que gracias a La vorágine comprendió mejor a Gosh. Tras el té me habla de una de las casetas de libros de su universidad. “Hay una que es una verdadera librería especializada en marxismo radical”. Oyéndolo, siempre me pregunté: ¿Vale la pena aún escribir sobre India? Mis modelos, Paul Theroux y V.S. Naipaul, escribieron páginas geniales. Tal vez lo único posible sea escribir en India, no sobre India. Incluso podría decir: desde India. Saco un cuaderno de notas y lo escribo, para no olvidarlo, y agrego: desde este café, por ejemplo. Luego bajo por la empinada escalera y salgo otra vez a las calles ruidosas y enloquecidas de la ciudad.

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