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La pandemia es un buen momento para reconsiderar las posibilidades de la minería
Análisis

Pensando la salida IV

Por Marcelo Altamirano (*) - Especial para El Ancasti

En la cuarta y última parte de esta serie, tengo la pretensión de reconocer el valor de los argumentos a la hora de intercambiar opiniones, incitar a no temer a la diversidad de ideas y a desechar los prejuicios como herramientas de intercambio.

Les propongo dos bases desde las cuales partir y que pretenden cerrar por ahora, esta propuesta de pensar la salida.

Primera reflexión. Una cuestión general

¿Vivimos en una sociedad ideologizada? Sí, puede ser, pero todas las sociedades necesitan de la ideología para justificar su nivel de desigualdad o una determinada visión de lo que es bueno para ellas. Hoy prácticamente no existe ninguna sociedad en nuestro planeta donde los ricos digan explícitamente “somos ricos, ustedes son pobres, fin del asunto”. 

No funcionaría sin una fuerte represión. La sociedad se derrumbaría inmediatamente; esa minoría siempre necesita de narrativas más sofisticadas que dicen “somos más ricos que ustedes, pero en realidad eso es bueno para la organización de la sociedad en su conjunto, porque les traemos orden y estabilidad”.

Un ejemplo de ello es que aceptemos normalmente que es el empresario el que genera trabajo, peor aún decimos que el empresario “da” trabajo. Decía Adam Smith que “no es la bondad del panadero la que lo levanta temprano a hacer el pan, sino el conocimiento de que habrá algún trabajador que lo necesita de camino a su trabajo”; estoy convencido de que siempre y en todos los casos es el consumo de las personas el que hace que la rueda se mueva, aunque no garantiza su andar equilibrado, sustentable e infinito, deben aparecer en su ayuda muchas otras cosas.

Nuestra sociedad tiene la obligación de cuestionarse en forma definitiva uno de los paradigmas centrales del liberalismo económico que reza: “los recursos son escasos y las necesidades ilimitadas”

Segunda reflexión. Una cuestión local

Muchos economistas y otros que no lo son, piensan que los cambios en el sistema de producción se dan si el gobierno los fuerza. La historia productiva catamarqueña es prolífica en la demostración contraria y enseña que, si una sociedad no quiere y no se prepara para avanzar, cualquier iniciativa exógena está condenada al fracaso.

Las colonias, las cooperativas, la promoción industrial y agropecuaria y la minería a gran escala, son el largo muestrario de iniciativas que no han logrado su objetivo de aportar en forma decisiva al crecimiento y desarrollo local, y hoy Catamarca es una sociedad presupuestívora como la describe Diego Varela. Lo único que funcionó es la cuota de coparticipación federal de los impuestos negociada por la política. Si esto último es lo que pretendemos para nuestro futuro, sepamos que el margen de maniobra estará siempre próximo a cero.

La pandemia, por causas insondables o no tanto, es también un tiempo de oportunidades variopintas. Solo me ocupo de las de tinte económico, buen momento para discutir la estructura del estado, buen momento para reconsiderar las posibilidades de la minería, buen momento para saber si los catamarqueños están convencidos de convertirse en un polo turístico o buen momento para seguir mirándonos el ombligo.

Definir hacia donde queremos ir es algo demasiado importante, como para dejarlo en manos de unos cuantos

Permítaseme terminar con un cuento leído en “Simbad el Marino”. 

En un viaje, Simbad y su compañero llegan a una pequeña isla que parece un jardín paradisíaco, se dan un festín y disfrutan caminando. Encienden un fuego y celebran. Y de repente la isla se tambalea, los árboles se caen. La isla era en realidad el lomo de un pez gigante que había estado inmóvil durante tanto tiempo que se había acumulado arena encima y habían crecido árboles sobre él. El calor del fuego en su lomo es lo que saca al pez gigante de su sueño. Se zambulle en las profundidades y Simbad es arrojado al mar.

Este cuento es una parábola, enseña que el hombre tiene una ceguera fundamental, ni siquiera es capaz de reconocer sobre qué está de pie, así contribuye a su propia caída.

Hay quienes creen que los humanos son solo capaces de reconocer rangos inferiores; frente a rangos superiores el ser humano es tan ciego como las bacterias. Se trata entonces de que los catamarqueños nos encarguemos de demostrar lo contrario, demostrar que somos capaces de reconocer nuestros verdaderos problemas y debilidades, demostrar que somos capaces de no detenernos en pequeñas discusiones y que estamos decididos a dar el salto.

(*) Licenciado en Economía- Docente e investigador de la UNCA.