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ROBERT HINDRY MASON
IDEAS

Encerrado en Casa Dickens

Si los primeros días de confinamiento tuvieron algo de nerviosismo semilúdico, todo se puso más turbio a medida que avanzó la cuarentena

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A los pocos días de la cuarentena, me di cuenta de una cosa: todas las novelas 'ambientadas' antes del 14 de marzo de 2020 acabarían en las estanterías de Novela Histórica. Ahí, con las de templarios y las de depresiones biedermeier. Con las de dinosaurios. Desde ahora, cualquiera que hablara de algo anterior a esa fecha debería 'recrear' un mundo donde la gente plantaba besos en la mejilla a completos desconocidos, se hipotecaba por ir a un festival de música y decía que tal bar era su casa.

La excusa era perfecta, pues, para no leer nada sobre el presente y, sin poder salir de nuestro piso, viajar a novelas de otros siglos. En concreto, a la casa con la luz más amable y la inteligencia más luminosa: Casa Dickens. La que siempre está abierta para el que no se puede permitir grandes planes ni un buen futuro.  Stefan Zweig, en su ensayo 'Tres maestros', lo explica mejor: “Con sus novelas, Dickens les hizo más caro todavía lo que para ellos era lo más querido, su 'home', la estrecha habitación donde la chimenea chisporrotea con llamas encarnadas y chasca la leña seca, donde el té zumba, donde vidas sin ilusiones se resguardan de voraces tormentos y de las insensatas temeridades del mundo. Quería enseñar la poesía de lo cotidiano a todos los que vivían recluidos en la vida diaria”.

Quería retos que empezaran y acabaran, así que elegí su primera y su última novela. Empecé por 'Los papeles póstumos del Club Pickwick', 1.100 páginas de euforia lectora y de excursiones por la campiña escritas en su primera juventud. La gente opinaba mucho en Twitter y yo leía, por ejemplo: “En estos casos, lo mejor es hacer lo que haga la masa. Pero, ¿y si hay dos masas? Gritar con la que sea más grande”. Risas. Luego llegó el turno de 'Nuestro amigo común', su última gran novela, más sombría y escrita cuando su leche, digamos, se había agriado. Y aquí, cuando pensaba en hasta qué punto andábamos inútilmente ajetreados justo antes del parón, leí: “Es como cuando un hombre trepa a lo alto de un árbol, señor Wegg, solo para darse cuenta de que desde allí arriba no hay nada que ver”. Y, también: “Las abejas trabajan mucho más de lo que necesitan. Fastidian y zumban sin cesar con esa idea única. ¿No cree que exageran? Y los hombres, ¿no han de tener vacaciones por culpa de las abejas”.

Si los primeros días de confinamiento tuvieron algo de nerviosismo semilúdico por su novedad, como de vigilia de excursión, todo se puso más turbio a medida que avanzó la cuarentena. Y lo mismo pasaba con lo que yo leía en Casa Dickens: el fuego, que antes iluminaba, luego tenía tantas caras como la enfermedad. Y, sin embargo, nada me consoló como estar ahí, brindando con pintas de peltre y pensando en clubes de exploradores y amigos comunes. Tarareando la melodía de los Talking Heads: “Soy un solo un animal buscando un hogar y compartir el mismo espacio, durante un minuto o dos. Mi hogar, es donde quiero estar, pero supongo que ya estoy allí”. Allí, en Casa Dickens.