La opinión de Gerardo Riquelme

Mike Tyson, camino de protagonizar un burdo show

by
https://e00-marca.uecdn.es/assets/multimedia/imagenes/2020/05/26/15905278402743.jpg
Mike Tyson, asistiendo a un combate hace tres años.AFP

Mike Tyson está jugando con la amenaza de un regreso a los tablados a los 53 años, edad incluso avanzada para Tom King, el hambriento personaje de ficción que maravillosamente retrató Jack London en Por un Bistec. Se desconoce si quiere hacerlo con guantes o sin ellos, en la febril MMA o en el convencional ring de las 16 cuerdas, que eran 12 cuando el arruinado protagonista del escritor decimonónico dio con sus huesos en las tablas tras un guantazo de un tal Sandel.

Pocos deportes han registrado regresos tan fallidos como el boxeo, sin excepción de linaje. Dos de los más grandes, Muhammad Ali y Joe Louis no supieron gestionar los golpes que el reloj biológico propinó donde más duele. En el alma. El Bombardero de Detroit, asfixiado por las deudas, tuvo que estirar su fama diez peleas hasta ser vapuleado por Rocky Marciano, que empezaba. La agonía de Cassius Clay fue más efimera. Sólo reapareció dos veces. Ante Larry Holmes y Trevor Berbick. No era ni la sombra de lo que había sido. Un poso de frustración quedó en los muchachos de la época, que creían en su aura de intocable. Fue decepcionante.

La caída a los infiernos

Tyson enterró su nombre el día que le metió un bocado en la oreja de Evander Holyfield, aquella funesta noche de verano de 1997. Hasta esa fecha, el púgil estadounidense había alcanzado lo más difícil y más simbólico que puede lograr un deportista: formar parte del lenguaje popular. Cualquier acción que demandaba un esfuerzo mayúsculo tenía como respuesta: "Ya, eso ni Tyson". El aficionado había sido vomitivamente generoso con su figura, a pesar de la condena por violación que le había arrastrado a la cárcel cinco años antes. Ese cruce de cables, escenificado en un bocado al lóbulo de un púgil que era mejor que él, reafirmó que el mundo estaba ante un personaje fuera de sí. Tyson era un verdadero loco.

Su regreso se asemeja más a la de la mujer barbuda de un circo que al último estertor del púgil que un día fue. Ahora Tyson es objeto de desprecio. Hace tres meses, en Nueva York, el dueño de una compañía de transfers de lujo confiaba al periodista que le había negado el servicio al boxeador porque decía que como terapia le han recomendado fumar marihuana. El empresario-conductor se negaba a que su Escalade apestase a grifa. Y lo mencionaba sin estima alguna. Como a un don nadie. Si Gay Talese pidió que a Joe Louis se le tratase como a un rey, Tyson es el perfecto villano.

En un momento donde el ser humano ha aparcado por el negocio cualquier valor, nadie va a frenar su ímpetu por volver a los focos. No se augura nada bueno más allá de la bolsa de los 20 millones que, dicen, puede llevarse. Hace tiempo que Mike ha dejado de aportar valor a un deporte que, con demasiada frecuencia, tolera espectáculos lamentables que no se parecen en nada a lo que un día, como noble arte del esquive, fue el deporte número 1 en atención mediática.