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EDITORIAL

Delicado equilibrio

Las declaraciones formuladas ayer por el expresidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, alertando sobre la necesidad de rediseñar la estrategia respecto al aislamiento y advirtiendo que "los gobiernos no pueden avanzar sobre las libertades individuales" se convirtieron en un aporte de envergadura, por la categoría institucional del emisor, al debate respecto de la cuarentena en la Argentina.

En la discusión sobre la duración y los modos de aislamiento hay posiciones que deben ser atendidas, siempre en un contexto de razonabilidad. Pero un dato indudable es que la extensión del aislamiento en la Argentina, que ya lleva más de dos meses, está ocasionando el cansancio de una parte cada vez más creciente de la ciudadanía, que, sin desmerecer la importancia de esa estrategia para la obtención de buenos resultados en el primer tramo de la pandemia, juzga que en algunos casos las restricciones impuestas, por ejemplo, en la libre circulación de las personas, son a esta altura excesivas.

Esta sensación, que en algunos casos se asemeja al hartazgo, se justifica aun más en aquellos lugares donde el virus no circula en la comunidad -como por ejemplo Catamarca, que no registra hasta el momento ningún caso- en los que la flexibilización avanza muy gradualmente hacia la instalación de lo que se ha denominado una "nueva normalidad".

En aquellas ciudades o sectores donde hay riesgos de contagios masivos, que inevitablemente conducen al incremento exponencial de víctimas fatales, se entiende que el proceso de apertura debe ser más lento y regido por la prudencia y la responsabilidad. Pero la extensión indefinida de la cuarentena trae consigo riesgos sobre los que hay que alertar. "Las medidas son válidas por la emergencia -sostiene Lorenzetti-, pero tienen que estar limitadas en el tiempo, no pueden ser un estado de excepción. Acá hay un riesgo de autoritarismo a nivel mundial, si la emergencia se prolonga en el tiempo".

Si se observan los datos respecto de la propagación del coronavirus, que en nuestro país ha sido mucho más lenta que en otros países grandes de la región, se comprenderá que la inmensa mayoría del territorio está, o libre del virus, o con el virus controlado. De modo que continuar con una cuarentena rígida y generalizada no parece una decisión aplicable a esta altura del aislamiento.

En la etapa que viene los esfuerzos para el control de la enfermedad deberán concentrarse en los lugares de riesgo, donde el virus tiene una propagación local acentuada, y preservando a las personas de riesgo. 
Sentido común y razonabilidad deben ser los criterios que rijan la apertura. La restricción a la circulación, por ejemplo, aparece como coercitiva en territorios donde no hay casos, o los contagios son puntuales o esporádicos. Encontrar el delicado equilibrio entre las libertades individuales y el cuidado de la salud pública es difícil, pero es un desafío inevitable.