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Julio Anguita, retratado por José Camó, fotógrafo del PCE e IU. (Cedida)

Malos tiempos para la gente honrada

La honestidad no se lleva en estos tiempos, y menos entre la clase política

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Hace tiempo que quería escribirles algunas cosas sobre los grandes olvidados de nuestro tiempo: la gente honrada. En efecto, hay unicornios, galaxias lejanas y gente honrada. Unos existen más que otros y todos disfrutan de la irrelevancia debida a su singularidad. Hace mucho que no oigo a nadie hablar de galaxias lejanas, pero nunca he leído a nadie ni una sola palabra sobre la gente honrada.

La honradez, decencia u honorabilidad son difíciles de definir, pues usted mismo ya me está leyendo desde convicciones personales que convergen dulcemente con toda indulgencia propia. Usted no es un ladrón ni un corrupto, tampoco un tramposo; qué va. Estamos aquí entre gente honrada determinando los puros que somos.

[Un poco de piedad con los ricos, por favor: cómo aprendí a perdonarlos]

En 'La marcha Radeztky' (1932), Joseph Roth dibujaba el curioso linaje de una familia nobiliaria. Su título procedía de una heroicidad del abuelo Trotta. Resultó que en la batalla de Solferino (1859), el entonces joven teniente vio al emperador Francisco José de pie a campo abierto mirando la retirada enemiga a través de unos prismáticos. Era blanco fácil. Trotta se lanzó sobre el emperador y lo derribó justo cuando una bala iba a hacer lo propio, pero con menos deferencia. La bala se alojó en el hombro de Trotta, y un título nobiliario, en el corazón de su árbol familiar. Los Trotta fueron barones desde entonces, por una bala.

Roth nos cuenta que el lance pasó a los libros de historia, muy embellecido además por mor de avivar el patriotismo juvenil. “El héroe de Solferino”, decía la página. Trotta no se reconocía en lo que él mismo había hecho según el manual escolar, que fantaseaba bastante, se lo inventaba todo, y protestó al propio emperador. “¡No fue así!”. Protestó varias veces. Y tanto protestó que acabaron borrando su hazaña de los libros de historia, por gilipollas.

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'La batalla de Solferino', por Adolphe Yvon (1859).

Esta tierna fábula debe orientarnos hacia la condición de imbécil que, como una sombra, suele ir aparejada a la simple honradez. Ya dijo Machado que él era, “en el buen sentido”, bueno. El cine ha abundado en esa situación angustiante según la cual hacer lo correcto es, a todas luces, una tontería. Encontrarse un montón de dinero y no devolverlo es la premisa de 'Un plan sencillo' (Sam Raimi, 1998) o de 'La honradez de la cerradura' (Luis Escobar, 1950), entre otras muchas películas, porque ser honrado no solo supone ser idiota, sino que además nadie puede hacer buenas películas con ello.

El cine ha abundado en esa situación angustiante según la cual hacer lo correcto es, a todas luces, una tontería

Sucede lo mismo con las biografías. No leerán nunca una biografía de una buena persona, por ejemplo, de James Stewart que, entre otras cosas, le fue fiel a su mujer durante 50 años. La biografía que leerán será la de Marlon Brando. Para que tu vida merezca la pena hay que moverse rápido y romper cosas, como recomiendan en Facebook, saltarse normas, ser egoísta, adulador y traicionero. Acaso haya también que robar y matar, pero eso ya va con la ambición.

Así las cosas, ser honrado, amén de parecerse demasiado a ser idiota, aboca a una situación particular: la invisibilidad. Una persona honrada es, sobre todo, un ser anónimo. Con casi idéntica precisión, ser deshonesto suele redundar en algo completamente diferente: el éxito.

Paradojas

La relación entre las personas honradas y las no tan honradas es por lo tanto tremendamente paradójica. Una persona de éxito desea, muy señaladamente, rodearse de personas honradas, es decir, fieles. Dado que los hombres y mujeres decentes se atienen a las reglas, uno siempre sabe lo que van a hacer, lo cual da mucha facilidad para hacer exactamente lo contrario. Por supuesto, es imposible perder a algo contra aquellos que respetan las reglas si tú te las saltas. El problema viene cuando hay mucha más gente dispuesta a hacer cualquier cosa para ganar, porque entonces tienes que competir con personas tan deshonestas como tú, y ahí, como en las matemáticas, la cosa propende al infinito.

A esta maldad, a esta bajeza y a esta corrupción continuadas y de ida y vuelta es a lo que hoy en España llamamos política. La política es la única profesión donde la tarea a realizar no puede beneficiarse del recurso a la mentira o el engaño, porque la mentira y el engaño son la tarea misma que a realizar. Simplemente un político se levanta por la mañana para mentir, engañar, traicionar, filtrar y manipular, entre otras piruetas. A mí me impresiona mucho una vida así, toda ella dedicada a hacer daño.

Al honrado no le vota nadie, entre otras, porque ya se encargaron en su partido de que salieran él y sus principios por la puerta

Tras la muerte de Julio Anguita, circuló un vídeo suyo por Twitter donde el líder histórico de IU decía: “Lo único que os pido es que midáis a los políticos por lo que hacen, por el ejemplo, y aunque sea de la extrema derecha, si es un hombre decente y los otros son unos ladrones, votar al de la extrema derecha. Votar al 'honrao', al ladrón no le votéis, aunque tenga la hoz y el martillo. Esta es la diferencia de un pueblo inteligente.” Son palabras que desentonan tanto con los tiempos que corren que mucha gente sería incapaz de suscribirlas, siendo la obviedad que son. “Votar al 'honrao” ni siquiera se entiende ya, ni aunque en el ejemplo no pusiéramos tan incómodo el voto fatal. Al honrado no le vota nadie, entre otras cosas, porque ya se encargaron en su partido de que salieran él y sus insobornables principios por la puerta. Votamos la decantación o el jarabe que el alambique de la ideología nos ofrece después de sintetizar a un grupo de personas en la peor de ellas. Eso votamos.

Por si fuera poco, la honradez, además de idiota e invisible, está penalizada. Recibe más multas la gente por ser honrada que por ir muy deprisa con el coche. Si la policía te pilla durante el Estado de Alarma en la calle y dices la verdad, seguramente te multen más que si les mientes bonito. Si reconoces un error a tu favor en la cuenta del bar, pierdes dinero. Y si quieres que la compra de un piso sea rigurosamente legal, pierdes mucho dinero. Así todo. ¿Por qué hay gente honrada entonces?, debemos preguntarnos.

Una respuesta curiosa sería esta: “Porque no tienen cojones”. Es lo que le oí decir en la universidad a un compañero que copiaba en los exámenes acerca de aquellos que no lo hacían. La gente deshonesta y tramposa cree que la mayoría no roba, no engaña, no falsifica o no amaña porque le falta coraje. Otra respuesta menos agreste nos dirá que la mayoría fue educada en valores morales firmes, por sus padres casi siempre. No sé yo. Y otra respuesta más especularía con que todos somos corruptos o ladrones si nos ponen en la tesitura adecuada, y así, habría que vernos en un Ayuntamiento diciendo “no” a según qué enjuagues y qué áticos a cambio de una firmita.

En fin, amigos, malos tiempos para la gente honrada, que ya ni sale por la televisión ni merece una calle en tu pueblo; ni cuenta con ventaja para la carrera por un cargo público ni resulta particularmente sexy. Ser honrado es por sobre todas las cosas una anticipación moral: resignarse a perder, y perder.