Felicidad

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«Os meses máis felices da miña vida». O. resume sin contemplaciones el sentimiento de muchos confinados justo ahora que las puertas se abren y Todo Esto empieza a ser Todo Aquello. Sin el respingo de quienes pelearon con el Virus desde las trincheras y sin el dolor de quienes simplemente sucumbieron a él, para todos los demás el retiro ha sido un tiempo de silencio y serenidad por obligación que muchos nunca habían tenido la valentía o la capacidad de disfrutar.

Muchos niños convivieron por vez primera con padres y madres que Aquí Fuera pelean contra el tiempo a costa de no verse. Y el primer combustible de nuestro tiempo, el estrés, desapareció por decreto ley para dejarnos ver qué había detrás de la cortina.

Entre otros líos, Pandemia ha expuesto de forma inesperada la gran tensión de nuestro tiempo: el sistema requiere de nosotros una velocidad de crucero diferente a nuestro íntimo ritmo. Por ejemplo, algún antropólogo podrá explicar ese afán colectivo por hacer pan, como si una pulsión atávica hubiese emergido en nuestra vuelta a la cueva y una hogaza fuese una representación de lo que de verdad nos hace humanos. O esa pulsión inicial por el papel higiénico, como si hubiese habido una conciencia colectiva repentina de que somos lo que defecamos.

El estruendo de las obras y el ruido de los automóviles reaparece estos días para advertirnos cuál es en verdad la sintonía del presente. En unos días veremos si ese episodio de anacoretismo colectivo ha dejado alguna huella en lo que seremos o enseguida volveremos a esa lucha contra el tiempo que tantas veces estamos destinados a perder.