Foucault y sus sombras (VIII)

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En las navegaciones ideológicas también se suele recurrir a los prácticos para que conduzcan las embarcaciones que quieren atracar. A finales de los 70, cuando apenas rondaba la treintena, Pierre Rosanvallon, ya llevaba unos años representando este personaje (que luego ha interpretado en otros escenarios) como intelectual orgánico del sindicato CFDT. En 1976 había debutado con L’âge de l’autogestion , una obra que explotaba el marco mental “libertario” abierto por el Mayo del 68 usando inflacionariamente el concepto ambiguo de autogestión como un remolcador que había de conducir la izquierda a los amarres de los muelles destinados a la descarga de las funciones económicas y sociales que entonces atribuían al Estado tanto la socialdemocracia como el Partido Comunista Francés. Y en 1977 había escrito, con Patrick Viveret, Pour une nouvelle culture politique , una especie de manifiesto de la denominada “segunda izquierda”, en que se encuadraba la CFDT, que tenía como líder al eterno rival de Mitterrand, el socialista Michel Rocard, del PSU, que, en un discurso pronunciado en Nantes ese mismo año, había contrapuesto a la vieja cultura de la izquierda jacobina, estatalista e intervencionista del programa común del mitterrandismo, otra izquierda, la suya, desestatizadora, descentralizadora, autogestionaria y basada en la sociedad civil.

Tras leer este último libro, Foucault escribió una carta a Rosanvallon, en que le explicaba que le había “gustado e interesado tremendamente”. Y su trayectoria intelectual durante esos años, en que colaboró en varias iniciativas o propuestas del CFDT, como los actos de apoyo a los sindicalistas polacos de Solidaridad (1981) o la entrevista sobre la seguridad social con Robert Bono (1983), tiene mucho que ver con su afinidad con el proyecto de esta nueva cultura política. A los lectores que recuerden la prolongada influencia del denominado “efecto Rocard” sobre el núcleo del socialismo catalán proveniente del Font Obrer de Catalunya (FOC), que tenía a Narcís Serra, Pasqual Maragall, Isidre Molas o Josep M. Vegara como caras más conocidas, les resultará fácil poner un perfil a esta cultura que, como el viejo PSC fundado el 1976, empezó la singladura que lo llevó hacia el mainstream de la economía política finisecular bajo la bandera del socialismo autogestionario.

El mismo año en que se dictaron las lecciones sobre el nacimiento de la biopolítica, Rosanvallon publicó Le capitalisme utopique. Critique de l’idéologie économique (1979), su tesis, sobre los orígenes del liberalismo, dirigida por Claude Lefort, que Foucault describe, en el resumen del curso, como un “libro importante”. Su importancia para Foucault tenía que ver sobre todo con las reflexiones que aportaba para la conexión del socialismo con la tradición política liberal. Este también era el tema subyacente de su curso al College de France de 1978-9. Y continúa siendo uno de los temas de nuestro tiempo, profundamente marcado por los cortocircuitos que ha provocado la manera en que los partidos socialistas europeos acabaron llevando a cabo esta conexión.