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El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, se reúne con simpatizantes este domingo, en Brasilia (Brasil).Joédson Alves / EFE

Brasil en peligro | Editorial

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Con América Latina convertida en un nuevo epicentro del coronavirus, Brasil es el país más preocupante. Los 360.000 contagios y más de 22.000 muertos lo convierten en el más afectado de la región y en segundo del mundo en casos. Pero a eso se añaden una gestión errática de la pandemia y una grave crisis político-institucional con coqueteos al golpismo, lo que, además de gravísimo, desvía la atención en un momento en que el combate al coronavirus debería ser la prioridad de toda la clase política brasileña. El presidente, Jair Bolsonaro, no solo actúa de manera irresponsable al desoír la cuarentena, sino que ha echado a dos ministros de Salud y boicotea los esfuerzos de los gobernadores para intentar controlar una epidemia cuya magnitud real se desconoce porque la cantidad de test realizada es mínima. Una mayoría de gobernadores ha logrado dejar de lado sus diferencias políticas en aras de un consenso básico: seguir las recomendaciones de la ciencia. Cada día son más las unidades de cuidados intensivos que rozan el límite y se cavan nuevas fosas en los cementerios para recibir a las víctimas mientras el presidente insiste en dar la espalda a las recomendaciones de los expertos, impulsar un medicamento con potencial letal y en presionar para que los negocios reabran. A ojos de Bolsonaro, lo único preocupante son los efectos de la hecatombe económica, que frustraría una eventual reelección en 2022.

La oposición ha presentado varias peticiones de impeachment contra él ante su negativa a gestionar la pandemia, pero su problema más acuciante es una investigación del Tribunal Supremo por supuesta injerencia en la cúpula de la policía para proteger a su familia. El vídeo de un reciente Consejo de Ministros muestra a un presidente para el que defender a su clan, y armar a la población, está por encima del interés general. Las amenazas contra la separación de poderes allí lanzadas por algunos ministros son inadmisibles y el rosario de insultos vertidos por el presidente constituye una intolerable afrenta a las instituciones.

Bolsonaro está logrando apoyo parlamentario, a cambio de cargos, para impedir una destitución mientras otorga más poder a los militares en su Gobierno. Ya dirigen 10 de los 22 ministerios, incluido el de Salud. Más inquietante es el apoyo tácito del presidente a los discursos golpistas de sus seguidores, que reclaman la clausura del Congreso y del Tribunal Supremo, o las amenazas veladas pronunciadas por alguno de sus ministros más cercanos. Tres veces ha salido en las últimas semanas el ministro de Defensa a reafirmar el apego de las Fuerzas Armadas a la Constitución. En una democracia consolidada debería ser innecesario. Brasil se encamina al pico de la pandemia en un contexto político que entraña graves riesgos.