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Dominic Cummings. Foto: Reuters.

Así es Dominic Cummings, el 'Rasputín' británico por el que Boris Johnson se está jugando la credibilidad de su Gobierno

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El Gobierno británico lleva ya varios días con un incendio sin visos de apagarse, y que ha provocado reacciones airadas de ciudadanos, decenas de diputados de la bancada gubernamental, la oposición en pleno, medios conservadores, científicos y hasta varios obispos. La persona en el ojo del huracán es Dominic Cummings, mano derecha del primer ministro, Boris Johnson, y el 'Rasputín' detrás de la victoria del Brexit en el referéndum. Una figura que enorgullece abiertamente de su imagen a medio camino entre primer ministro en la sombra y villano de dibujos animados, y por el que Johnson está dispuesto a arriesgarlo todo: prefiere un Gobierno en llamas con Cummings que uno calmado sin él.

Todos los focos están ahora puestos en un hombre cuyo hábitat natural es la sombra. El motivo es que rompió las leyes del confinamiento varias veces: primero recorrió 400 kilómetros, con su mujer infectada y su hijo, para irse a un pueblo en el norte de Inglaterra donde viven sus padres a pasar la cuarentena allí. De allí volvió a viajar otros 50 kilómetros al menos un vez más, en un viaje que alega fue para despedirse de su tío, víctima del virus. Una situación que ha despertado una gran furia en un país en el que millones de personas llevan meses sin ver a familiares ni amigos ni poder despedirse de sus allegados muertos, y que resulta nueva para una persona que, aunque acepta el foco mediático, siempre ha intentado mantenerse lejos de él.

Revolucionario

Cummings, millonario, educado en colegios privados centenarios y graduado en Oxford, siempre tuvo una idea muy clara desde joven: su deseo de traer una revolución política y administrativa a Reino Unido. Toda su carrera tiene siempre el mismo hilo conductor: reformar el anquilosado Estado británico para convertirlo en algo moderno, más nacionalista y adaptado a "el pueblo". Sus enemigos han estado claros para él desde el principio: los funcionarios, la Unión Europea, la BBC y todo el "establishment" estatal, las élites de siempre, a las que quiere reformar o eliminar.

Quizá, por eso, pese a ser rico, se niega a parecer uno: son famosos sus chándales, sus camisetas, su pelo rapado, sus gorros de lana. Y pese a llevar décadas en la órbita del partido que simboliza el establishment británico desde hace siglos, el Partido Tory, se ha negado a convertirse en miembro. Y, de hecho, su principal objetivo en todo ese tiempo fue la de transformar a los rígidos y liberales conservadores en un movimiento revolucionario antieuropeo y populista. Un objetivo que consiguió con la victoria de 'su' hombre, Boris Johnson, en las primarias del partido el año pasado, y que selló con su victoria electoral en diciembre.

Pero Cummings no llegó a la órbita del poder de su mano. Tras salir de la universidad, vivió unos años en Rusia, donde vio de cerca los intentos de crear un nuevo sistema de entre las ruinas de la URSS. Después de esta experiencia, Cummings volvió a Londres para fundar un 'think tank' cuyo objetivo prioritario era evitar que el Reino Unido se uniera al euro, como se planteó inicialmente el entonces primer ministro Tony Blair.

Llegada al Gobierno

Y desde allí llamó la atención del que fuera líder 'tory' en 2002, Iain Duncan Smith, que le fichó como estratega jefe del partido, entonces en la oposición. Aquello no duró mucho: Cummings se fue tras unos meses, ante la "incompetencia" de Smith, y el propio Smith cayó poco después, en una revuelta interna de sus diputados, que estaban de acuerdo con la valoración que el estratega hizo de su jefe de filas. Smith no se lo ha perdonado del todo: este domingo fue uno de los diputados que se negaron a apoyar a Cummings en medio de su escándalo.

Tras su salida, continuó su carrera en 'think tanks' hasta 2007, cuando conoció al que es su principal aliado político y la persona a la que más respeta, Michael Gove. Tras la victoria de David Cameron en 2010, y de la mano de Gove, Cummings finalmente llegó a donde siempre había querido estar: el Gobierno. En aquel momento, los 'tories' estaban en el punto álgido del liberalismo social y económico y con un europeísmo claro dentro de los márgenes británicos, nunca muy entusiastas respecto a Bruselas. Gove, sin embargo, era ya un euroescéptico convencido, fascinado con los planes de Cummings de reformar el país, y qué mejor lugar para hacerlo que desde su cartera entonces, la de Educación.

Como mano derecha de Gove y jefe de su gabinete, Cummings se lanzó a intentar reformar la educación, uno de los grandes focos de Cameron, pero no cosechó grandes éxitos. De ello culpó a profesores, funcionarios y políticos de los dos partidos que formaban el Gobierno por igual. En su etapa, intentó despedir a mil funcionarios del Ministerio, por los que era temido. Su cultura era de guerra: "nosotros contra ellos" como eslogan, obediencia ciega de todos los empleados que no quisieran arriesgarse a sufrir su ira. Cameron le describió como "un psicópata".

El triunfo del Brexit

Pero fue el propio Cameron el que, sin darse cuenta, le proporcionó la oportunidad que quería para lanzar de verdad su revolución. Con la convocatoria de un referéndum sobre la permanencia en la UE, Cummings aprovechó para erigirse en jefe supremo de la campaña por la salida, Vote Leave. Una organización a la que se sumó rápidamente Gove y donde conoció al que sería su siguiente gran amigo: Boris Johnson. Si Gove era el cerebro del grupo, Johnson era la cara pública: carismático, sonriente y divertido. Los tres habían trazado ya un plan: tras ganar el Brexit, Johnson y Gove se presentarían como 'ticket' electoral para reemplazar a Cameron. Cummings sería su guía en la sombra. Y los tres reformarían el país.

El referéndum salió de maravilla, gracias, en parte, a la disciplina espartana impuesta por Cummings en su organización. Nadie movía un papel sin contar con su aprobación, y cuando algunos de sus donantes intentaron echarle, el contraataque de Cummings, con el apoyo de Johnson y Gove, fue implacable. Pero, tras la inesperada victoria, cuando todo parecía listo para dar el siguiente paso de su revolución, todo se torció en cuestión de días. Johnson no supo atraer a una de sus rivales, Andrea Leadsom, cuando todo lo que pedía era un mensaje de texto confirmando que la incluiría en su Gobierno. Gove, decepcionado, rompió su acuerdo y se presentó él mismo a candidato a primer ministro. Johnson, al que todo se le había venido abajo por no mirar el móvil en la noche más importante de su carrera, renunció a su candidatura. Y Theresa May, del ala más tradicional del partido, acabó por hundir sus sueños.

O, por lo menos, durante un tiempo. Cuando el Gobierno de May se vino abajo por su incapacidad de cuadrar el círculo del Brexit, Johnson decidió intentarlo de nuevo. Cummings se puso de su lado, y tras su victoria aplastante en las primarias 'tories' de 2019, el trío llegó a donde querían: Johnson de primer ministro, Gove de ministro del Gabinete (equivalente a ministro de la Presidencia en España) y Cummings de jefe de gabinete del primer ministro.

El poder fáctico

Desde el principio, Cummings dejó claro su objetivo: "queremos fichar frikis de los números, a científicos de datos, a bichos raros con habilidades poco comunes", pera revolucionar la administración. A continuación, amenazó con quitar los fondos a la BBC, a la que considera su enemigo. Y de él vinieron las principales acciones que Johnson tomó en sus meses de minoría, cuando intentaba forzar el Brexit como fuera. Suya fue la idea de suspender el Parlamento, de adelantar elecciones, de aceptar poner una frontera interna con Irlanda del Norte. Y suya, también, fue la idea de no tomar medidas ante la crisis del coronavirus y dejar que la población se infectara sin control hasta lograr la inmunidad de grupo. "Y si algunos mayores se mueren, pues qué lástima", dijo, según filtraciones a The Sunday Times.

Pero ha sido precisamente la crisis del virus la que ha puesto a 'su' Gobierno y a todos sus planes en peligro. Su imagen de revolucionario antielitista se ha venido abajo de forma estrepitosa ante su nueva imagen, la de que las leyes que obligan al resto de los mortales no se aplican para él. Y Johnson ha decidido poner la credibilidad del Ejecutivo en sus manos, con ruedas de prensa en las que él mismo y varios ministros le han defendido sin resquicios, sin dudar de su palabra. Todo eso mientras la BBC arrasa en audiencia y hasta el periódico de cabecera de los 'tories' desde su fundación hace un siglo, el Daily Mail, se llena de mensajes de gente furiosa que no ha podido despedirse de sus familiares muertos mientras Cummings viajaba 400 kilómetros pese al confinamiento. El Mail, que pidió activamente el voto por Johnson y celebró su victoria por todo lo alto, se preguntaba "en qué planeta viven Cummings y Johnson". Este inglés norteño ha superado muchos momentos de peligro, pero este es el más delicado hasta ahora.