Generoso y soñador

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Con estas dos palabras definiría al “negro que no es tan negro”, como lo bautizara Helenita Vargas aquella noche en que lo vio por primera vez, y no por ser despectiva con la gente de color a quien ella adoró, sino porque de negro lo único que tenía era un par de carromatos que pintaba con spray cada vez que los golpeaba.

Lo anterior podría ser una pista de este caleñísimo ingeniero, agricultor, líder cívico y gremial, excolumnista de este diario, político conservador, exgerente de Empresas Municipales cuando era una entidad próspera, mecánico, dicharachero, medio bohemio (“aplaudan que no es caseddd”), pero ante todo y sobre todo un gran amigo, de esos que se quitaba la camisa para regalársela al que no la tuviera y se olvidaba de ella.

Prestó dinero que nunca le pagaron y jamás cobró. Sirvió de fiador y respondió arriesgando su propio patrimonio. De verdad era de los que hacía el bien sin mirar a quién. Me consta porque fuimos muy cercanos y a él esos temas de dinero y la fortuna poco le interesaban y seguramente por ello no fue un riquito más de esos que por aquí abundan pegados de cuatro reales.

Sin ser despilfarrador tuvo en sus últimos años un muy buen pasar con los bolsillos llenos de arrugados billetes, una cómoda pensión, una casa con vista sobre Cali y el Valle del Cauca, una finca donde sembró de todo, una docena o más de carros que vivía reparando -entre ellos un Fiat 850 anfibio que el día que lo echamos al Cauca se hundió con el- y un baúl repleto de sueños por realizar.

Y ahí fue donde hicimos clic porque fueron varios los proyectos que acometimos así casi ninguno saliera adelante. Pero no importaba pues siempre había en su cabeza alguna locura contagiosa y divertida de ese eterno soñador.

Su buen humor fue otra característica que lo definió, porque mezclaba inteligentemente los temas más serios con unos apuntes de su cosecha que a veces sonrojaban a las damas. Sin embargo, cuando había que cantarle la tabla a alguien lo hacía con tal vehemencia y respeto que justipreciaba el valor de la vaselina.

Ah, y olvidaba que además fue un poeta improvisador de unos pésimos versos piedracielistas que hacían moquear a sus furtivas conquistas, que se fueron sumando hasta conformar una legión de amigas entrañables que hoy extrañan a semejante partidazo.

Hace unas unos días al negro le dio algo así como un derrame del cual estaba saliendo gracias a los cuidados de su hija y de su hijo quien le acompañó hasta el último momento, Pero ayer lunes a eso de las dos de la tarde le sobrevino un paro nada que ver con lo que tenía y se nos fue de este mundo.

Tengo el corazón apachurrado. Yo, que lo mataba cada 28 de diciembre día de los inocentes y de su cumpleaños, enviando el mensaje “murió el negro Velásquez”, hoy me duele su partida porque, y lo repito, amigos como él, muy pocos.

Recuerdo que de las últimas cosas que me dijo fue “ve pajarraco inmundo este año no me vas a matar, que yo solito me puedo morir”. Y así fue.