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Dos adultos y un grupo de adolescentes, sentados en el espacio Vicent Tarrazona del parque de la Pinada en l'Eliana. 
No éramos dioses. Diario de una pandemia #51

Mi estrella Arturo

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VALÈNCIA. Otra vez me he despertado a las seis y media de la mañana. No sé qué me está pasando. Esto no me ocurría al principio del encierro. Dicen que los viejos necesitan dormir menos horas. Será eso.

Este fin de semana la derecha hiperbólica ha sacado miles de coches a la calle en contra del Gobierno de titiriteros. El diario progresista por antonomasia —con unas ventas que dan risa— denuncia que la protesta ha elevado los niveles de contaminación en Madrid y otras ciudades. Hay argumentos para todo.

El Ministerio de Educación ha publicado el siguiente tuit: "Hoy a comenzado este curso…".

Deberían enviar a la abuela Celaá y a su equipo de analfabetos funcionales a un campo de reeducación de sus amigos los comunistas chinos, a ver si aprenden algo de ortografía. Este es el nivel de nuestras presuntas élites: escribir el verbo haber sin h. No nos extrañe que hayan alentado el aprobado general encubierto este curso. Pensaban en ellos.

En la iglesia de san Jorge han reanudado las obras de remodelación. Han empezado por cambiar las baldosas de la capilla del Cristo, a la izquierda de la entrada principal. He pensado en encargar una misa en sufragio de tía Memé. De su muerte se cumplirán ocho años el 12 de junio. Creo que el párroco hablaba en argentino o uruguayo.

Se multiplican los ataques a ancianos

Leo que el coronavirus ha desatado los ataques y los insultos a los viejos. Lo llaman gerontofobia. La juventud robusta y engañada (Quevedo) teme contagiarse de los ancianos. Casi el 90% de los fallecidos por el virus chino tenían más de 70 años. Me reitero en lo que escribí hace días: esta pandemia allana el camino a la aplicación indiscriminada de la eutanasia. Como los espartanos, como los nazis, aquellos que no producen y suponen un gasto para el Estado deben ser exterminados, eso sí, guardando las formas dulcemente democráticas.

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El hermano del autor del diario sube las escaleras de una pagoda china en l'Eliana.

El dictador maniquí se congratula de que hayamos superado la pandemia. Al menos eso es lo que quiere hacernos creer, el muy embustero. Como el personal está ayuno de ilusiones, anuncia que el fútbol volverá el 8 de junio. Este martes el Consejo de Ministros dará a conocer el ingreso mínimo vital, conocido popularmente como la paguita.

Toda dictadura —y esta lo es pero en una versión más sofisticada y suave, muy suave— recurre al "pan y circo" de Juvenal para tener entretenido al personal. El poder abyecto que padecemos confía en que estas válvulas de escape —a las que habría que añadir la paellita de los domingos en familia— contribuyan a rebajar la tensión contra sus infinitas tropelías. Su propósito es evidente: que el calor mate al bicho y las protestas ciudadanas.

Yo sigo a lo mío, leyendo Consuelo de la filosofía de Boecio. Este filósofo, del que lo desconocía todo dada mi supina ignorancia, escribió este libro en una cárcel de Pavía en 524, a la espera de ser ejecutado por supuestamente haber conspirado para derrocar a Teodorico el Grande. La obra es un diálogo entre el autor y una mujer, que es la filosofía. Contiene innumerables perlas que evito enumerar para que los interesados se compren el libro de la editorial Acantilado.

Por esas casualidades de la vida —que no son casualidades, evidentemente— Boecio menciona, en el libro primero, la existencia de la estrella Arturo, de la que nunca había oído hablar. Lo leo el mismo día que voy a la casa de mi hermano en l’Eliana.

Vuelvo a ver a mi sobrino

Qué alegría me llevo viendo corretear a mi sobrino Arturo por el césped del chalé. Hacía cinco meses que no nos veíamos. Está algo cambiado, igual de flacucho pero con el pelo más largo y oscuro. Ahora lo tiene castaño. Le he regalado un libro ilustrado de animales salvajes de la editorial Juventud. Le echa un vistazo rápido. Su madre me dice que lo leerán juntos después, por la noche. Como todos los niños de su edad —tiene siete años—, Arturo va a lo suyo, y hace bien. "Mira cómo hago el salto de la rana", me dice antes de lanzarse a la piscina. "¿Y sabes tirarte de cabeza?". "Sí, ¿quieres verme?". Después del planchazo sale riendo del agua y me ilumina el día.

Con mi hermano voy caminando al pueblo. Nunca había estado en l’Eliana. Parece que el nivel de vida de sus vecinos es superior al de los pueblos de mi zona. Me gusta mucho el parque de la Pinada, sobre todo su pagoda china y el espacio Vicent Tarrazona, una plaza donde los bancos de piedra llevan nombres de escritores, desde Vargas Llosa hasta Josep Pla, lo que demuestra el buen gusto estético de quien lo decidió. Hago varias fotos como recuerdo. Acabamos tomando una horchata en la calle donde David Villa vivió cuando era jugador del Valencia, según me cuenta mi hermano.

Cuando volvemos al chalé nos cruzamos con varias patrullas de la Policía local. No perdemos nuestra condición de posibles delincuentes, siempre temerosos de que algún guardia nos pida la documentación y nos imponga una multa.

De regreso al pueblo me cruzo València y está en su sitio.

Ya en casa me ducho y ceno rápido. Un sándwich de pavo y un pedacito de queso. Estoy cansado. Llevaba tiempo sin andar tanto. Ha hecho demasiado calor para ser mayo. En la cama cojo el libro de Boecio, pero se me cierran los ojos. Lo dejo en la mesita de noche. Me duermo enseguida.